Testimonio Yilsen

Yislen


La infertilidad es una condición física que afecta no solo el cuerpo, sino el alma, el corazón y la vida misma. Es emocionalmente desgastante, irritante, estresante, angustiante. La incertidumbre y las culpas son el pan diario de quien la sufre. No es algo de lo que se habla abiertamente en la sociedad. Es, las más veces, un estigma que se carga silenciosamente. Yo nunca pensé que me fuera a pasar a mí.

Cuando cumplí 15 años tuve mi primer dolor menstrual. Severo. Aterrador. A partir de ese momento, se repitió mensualmente; muchas veces me desmayé. Preocupada por mi condición, mi madre me llevó a su ginecólogo de confianza. Me recetó la píldora por un tiempo, luego inyecciones anticonceptivas. Me dijo que los dolores eran normales…


A los 22 años, otro ginecólogo me dijo que me iba ser difícil concebir. Yo estaba soltera y era muy joven para pensar en mi futura vida materna. Los dolores y desmayos me acosaban todos los meses, con tratamientos hormonales o sin ellos. Ya no encontraba analgésicos que me ayudaran. Me llegué a acostumbrar a ellos. En el 2005, a los 23 años, conocí a Carl, quien se convirtió en mi esposo. A finales del 2006 decidimos dejar de planificar y extender nuestro amor.

Un año después, no habíamos conseguido un embarazo. Visitamos a una ginecóloga y, luego de varios estudios, me dijo que tenía quistes de gran tamaño en mis ovarios, y que sería mejor que me atendieran en el Hospital de la Mujer Carit. Una vez ahí, me diagnosticaron endometriosis severa y ovarios poliquísticos. Me recomendaron una laparotomía exploratoria. Cuando desperté de la cirugía, me informaron que me habían removido ambos ovarios y que, por adherencias abdominales, no me habían quitado también el útero. Esto fue en el 2009, tenía apenas 27 años. Mi vida maternal había muerto.

Un mes después, en el mismo hospital, me dijeron que no habían removido completamente el ovario derecho. Mis esperanzas regresaron. Sin embargo, me informaron que nunca podría tener hijos. Volví a morir como madre. Dejé de asistir a las citas de control en este centro médico. No tenía sentido seguir en un lugar en donde me habían dejado sin opciones. Mi matrimonio estaba en la cuerda floja y no había dinero para buscar otras opiniones médicas.

En el 2013 o 2014, tuve unos sangrados que se extendieron por unas 3 o 4 semanas. Buscamos entonces a un ginecólogo para ver cuál era el problema. No recuerdo qué nos dijo, pero nos explicó que era muy poco probable que quedara embarazada naturalmente, pero que podría intentar algún tratamiento de fertilidad. Una ventana de esperanza regresó a nuestro matrimonio. No obstante, seguíamos sin fondos monetarios. En setiembre del 2015 busqué en internet sobre centros de fertilidad.

Una semana después estábamos sentados en un consultorio del Centro Fecundar, respondiendo cuestionarios. Luego, exámenes genéticos, ultrasonidos, salpingografía, histeroscopía… todo daba luz verde para seguir con esperanza. El doctor Pérez Young nos advirtió que no sería fácil, pero que podríamos intentar con la fertilización in vitro. Mi caso era complicado por tener endometriosis severa, trombofilia, 34 años, un solo ovario, una reserva ovárica disminuida, pelvis congelada y un alto FSH. En abril del 2016 fuimos a Panamá por una FIV. No hubo embarazo. El doctor achacó el fracaso a la baja calidad de mis óvulos.

En diciembre de 2016 intentamos de nuevo. El doctor no tenía mucha fe en la calidad de mis óvulos, a pesar de haber aumentado el valor de la hormona antimulleriana. Insistí en tratar de nuevo con mi limitada reserva. Obtuvimos un embarazo. Todo iba viento en popa, hasta que el doctor nos dijo: “No hay más ritmo cardiaco”. Nuestra bebita dejó de existir en febrero de 2017. Tenía apenas 6 semanas de gestación.

Nuestro mundo se derrumbó. No ha habido mayor dolor en nuestras vidas que esta pérdida. Mi cuerpo había rechazado a mi bebé. Además de las complicaciones que mencioné, encontramos que tenía problemas de autoinmunidad: mi cuerpo reaccionaba negativamente a las células de mi esposo y tenía anticuerpos antitiroideos, los cuales me habían producido la enfermedad de Hashimoto. La depresión, el miedo y la incertidumbre tomaron control de nuestras vidas. Pensar en otro intento era inimaginable. Nuestras emociones estaban en carne viva. Exponernos a otra pérdida era inconcebible.

Mi cuerpo estaba sufriendo y autodestruyéndose. Las enfermedades autoinmunes impedían un embarazo desde todos los ángulos posibles. Busqué información. Leí libros. Investigué. Debía tratar mi cuerpo y encontrar las causas de mis dolencias. Primero, más vitaminas y suplementos, mejor alimentación. El estilo de vida cetogénico entró en juego. Mi vida cambió. Mi salud regresó. Mis días tomaron color, la fe y la esperanza estaban de nuevo conmigo. Con nosotros. En noviembre de 2017 visitamos de nuevo el Centro Fecundar.

Hicimos el siguiente intento y la prueba de embarazo fue positiva. Mi cuerpo estaba en paz. Mi embarazo, aunque con riesgos, progresaba sin problemas. Eso sí, el trauma de escuchar de nuevo un “no hay ritmo cardiaco”, nunca nos abandonó. Nuestro bebé nació por cesárea el 10 de setiembre de 2018. Ese día pude volver a respirar. Isaac estaba con nosotros por fin, vivo y real.

Endometriosis severa, trombofilia, 34 años, un solo ovario, una reserva ovárica disminuida, un alto FSH, baja progesterona, enfermedades autoinmunes, pelvis congelada… mi cuerpo estaba determinado para no ser madre nunca. No fue fácil. Hubo momentos de desesperación, de incertidumbre, de histeria…, 12 años de espera, de rabia, de frustración ante una sociedad que nos hacía sentir marginados y nos decía que adoptáramos o que aceptáramos nuestro destino, que era de Dios que no fuéramos padres…, que la FIV no era de Dios, que era pecado…

A pesar de todo lo que impedía un embarazo, la valentía y la resolución nos sostuvieron a Carl y a mí. Nada nos detuvo ante nuestro sueño, ni siquiera la muerte prematura de Nora, como la pensábamos llamar. Sacamos fuerzas de donde no había más, nos levantamos uno al otro o a los dos; no nos quedamos esperando a que el milagro cayera del cielo. Lo peleamos, lo lloramos, lo sufrimos… al final todo valió la pena. Dios bendijo nuestras vidas con Isaac. Nuestro hijo nos ha llenado el hogar con alegrías, emociones e ilusión. Todo es posible. No hay que perder de vista la meta. Gracias, doctor, por tenernos paciencia y por no dejar nuestro caso de lado.

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